José Fernández: La elegancia de un artista de tijera y guitarra

José Fernández es un personaje muy querido en la urbe y mira el pasar de los días desde su peluquería La Elegancia, el Artista, donde los clientes llegan a que les corte el cabello y lo saludan y piden el servicio simplemente al “artista”.
 
 
 
 

Es un hombre sencillo y buen conversador, nació en Chambo, cantón que está cerca de Riobamba y donde aprendió el oficio, en medio del humor se reconoce como “un brujo volador” (a la gente de Chambo les refieren como brujos por contar con varias personas que, aparentemente, realizan estas prácticas) y aclara que “puede volar alto o bajito según las circunstancias”.
José Fernández es un personaje muy querido en la urbe y mira el pasar de los días desde su peluquería La Elegancia, el Artista, donde los clientes llegan a que les corte el cabello y poco a poco han dejado de llamarlo por su nombre y lo saludan y piden el servicio simplemente al “artista”.
En el tradicional barrio de La Estación ha trabajado más de 40 años y hoy tiene su negocio apoyado con el trabajo de sus hijos, es sin duda un servicio que es parte de la tradición de los riobambeños, los cortes de cabello y la barba tienen acá su espacio en medio de la charla y el buen humor.
Tenía nueve años y eran tiempos donde los padres buscaban un espacio para que aprendan un oficio, su padre le pidió acompañarle donde el maestro Segundo Vallejo, el peluquero de Chambo, un ibarreño que trabajó en la Marina quien terminó siendo su primer maestro.
José paso dos años aprendiendo el oficio y al mismo tiempo que terminaba la escuela, prácticamente dominaba el arte de la peluquería, al ser todavía adolescente su padre pidió aprendiera mecánica y viajó a Riobamba con ese propósito, pero su destino estaba marcado y, al poco tiempo, regresó a la peluquería, en el local de Carlos Hernández, denominado “Mil Flores” y ubicado en San Alfonso donde trabajó como operario.
“Mis dos maestros fueron muy educados y cultos, me enseñaron los principios para saber tratar al cliente y debe ser parte del día a día de toda profesión, es una pena que los valores se pierdan, los maestros nos inculcaban la educación, honestidad y la fidelidad a la palabra”, recuerda con nostalgia José.
El peluquero – según dice – debe conocer de todo, porque se relaciona con una diversidad interesante de clientes, el propósito es poder conocer varios temas para entablar la conversación: deporte, política, temas de actualidad, información local, sobre el clima, las últimas novedades del volcán Tungurahua, etc.

Llegó el momento de independizarse y abrir su propio negocio, con esa idea, poco a poco fue comprando los diferentes implementos, su primer sillón de peluquero, lo adquiere en la parroquia de Columbe en el cantón Colta (a 45 minutos de Riobamba).
La importante inversión estuvo botado en un local de esa parroquia, él supo que eso sería el inicio de un sueño, el propietario resultó ser un cliente y lo vendió con mucho gusto y a un precio conveniente, en un bus que tenía su sobrino lo trajo a la ciudad y confiesa que aún lo tiene en su casa y desde luego ahora simplemente no tiene precio.
Espejos, tijeras, máquinas y mostradores eran parte de la adquisición sistemática que representaba por supuesto ir ahorrando dinero y separando para tener en su momento todo lo necesario y abrir un negocio propio.
Así nació Peluquería La Elegancia, en sus inicios estuvo ubicada en los bajos de la Radio Mundial, en el edificio del Sr. Galo Encalada, pionero de la radiodifusión en la ciudad y provincia, allí pasó 27 años brindando el servicio y luego se pasó al local ubicado en la calle Lavalle y Primera Constituyente a pocas cuadras donde está desde hace 14 años.
A pesar de que tiene una tienda en su casa en el sur de la ciudad, dice que seguirá con su negocio en el barrio La Estación que representa un espacio de vida y de trabajo de muchos recuerdos y anécdotas.
“La llegada del ferrocarril generaba el negocio de la costa con la sierra, cuando ingresaba en la noche era hermoso ver a los brequeros y ayudantes moviendo las lámparas ferroviarias iluminadas, comprábamos oritos o mangos, la fruta de la costa que era barata”, comenta.
El maestro José Fernández tiene afición musical, lo practicó con los Hermanos Chiriboga que vivían en el sector de Villa María, así como con el joyero Rafael Granda que tocaba el requinto, sin duda es un espacio de entretenimiento y felicidad muy personal que además heredaron sus hijos.
Habla con mucha emoción de su esposa y compañera de toda la vida, Rosario Vizuete, es para Fernández el corazón del taller y del negocio, la persona que está preocupada por todo lo que hace falta, desde la limpieza hasta la mejor atención para el cliente.
No cierra al medio día, a pesar de que un tiempo bajaban almorzar en su casa, es un negocio que no se puede dar el lujo de cerrar, pues según indica, muchas personas aprovechan este intermedio de tiempo, para poder pedir un corte de cabello o el arreglo de una barba.
Durante estos años de trabajo ha llegado a servir hasta una tercera generación de diferentes familias, los clientes de antes llegan con sus nietos a pedir el servicio y eso le emociona mucho, así como le compromete por seguir haciendo con pasión lo que sabe. Nunca olvida a dos clientes que pasaron por su taller, Danilo Miño Naranjo del inigualable dueto de música nacional, quien además una noche fría de Riobamba, llevó a otro señor para que se corte el cabello, mientras conversaba con él le contó que estaba por cerrar el negocio porque deseaba ir a la presentación del entonces famosísimo Don Evaristo.

La sorpresa fue inolvidable cuando su cliente le extendió varias entradas y le dijo que lo esperaba en la función con su familia, “no sabía que estaba cortando el cabello a Don Ernesto Albán, era tan diferente a la imagen que tenía como Don Evaristo, estaba con un terno oscuro elegantísimo”, recuerda con alegría y emoción esta especial historia.
El tiempo ha pasado y la tarifa del servicio cambió, recuerda que empezó cobrando seis reales y hoy el corte de cabello y corte de barba cuesta 5 dólares, pero se lo hace con la misma profesionalidad.
El “Artista” siente que antes tenía más trabajo, pues la actividad social de Riobamba era mayor, en medio de bailes sociales y eventos de alto nivel donde los caballeros iban impecables, demandando siempre un corte de cabello. “Para ir al cementerio en tiempo de finados llegaban a cortarse el cabello y ponerse sus mejores galas, eran fechas que había más trabajo”, rememora.
La denominación de “Artista” parte del pedido que tenían muchos clientes que miraban en posters que decoraban el local o en revistas que se ofrecía al cliente “Hágame el corte cómo ese artista” al final, poco a poco, José Fernández, terminó siendo el “artista” permanente de su negocio.

Lo dijeron:

“Es una tradición este negocio, me traía acá mi papá y ahora yo les traigo a mis sobrinos el maestro en un ejemplo de honestidad y trabajo con sus hijos confirman un legado desde el oficio de peluquero”, Miguel Martínez, cliente.
“El artista es un profesional, sabe de su oficio y es un buen conversador, es agradable venir acá, departir con él y recibir un buen trato, siempre con mucha educación”, Galo Mayorga, cliente.

Las anécdotas:

  • Dijo sin problema que el conductor de la Riobambeñidad, lloraba cuando le llevan a cortar el pelo en su peluquería y explicó que luego de unos años lloraba “al pagar el corte de cabello”.
  • El cepillo para quitar el cabello luego del corte, es confeccionado de cabello de llamas, aún le sirve uno adquirido hace muchos años.
  • Aun ocupa para suavizar la barba el jabón y la brocha marca Eterna sigue siendo la mejor.
  • La emoción de tener una horqueta en sus manos fue evidente y recordó que servía para cazar a mirlos, chirotes, guiragchuros y tórtolas! cuando era niño
  • Recordó que entre los juegos de su infancia estaba el denominado “cushpi”, una especie de trompo que se hacía bailar con un acial o beta.
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