Pedro Costales: un “candelita” lleno de “felicidad”

Pedro Costales Espinoza es un buen riobambeño, que mira pasar el día a día de la ciudad desde un particular y amplio balcón, parte de una de las casas más bonitas de Riobamba
 
 
 
 

Ubicada en la esquina de las calles Primera Constituyente y Rocafuerte, construcción coqueta y pintoresca de columnas llamativas, vistosos frontis y amplios ventanales, es el mismo sitio que miraba desde la calle, ilusionándose algún día caminar en sus pasillos y leer detrás de sus ventanas, sólo fue cuestión de esperar la oportunidad.
Sus padres tenían una tienda de abarrotes en la calle García Moreno y Junín y este espacio fue también parte de su niñez, en medio de los juegos y las golosinas, muy hábil para hacer bailar los trompos, compartía con los vecinos juegos como las cogidas y los marros, patear la pelota en calles empolvas era parte de la diversión.
Su papá, Benjamín Costales Ruiz, fue profesor de primaria, trabajó en el colegio Salesiano, daba clases a domicilio cobrando un sucre la hora, también preparaba conferencias y discursos; su madre, Isabel Espinoza Iñiguez, atendía el negocio ubicado en el tradicional barrio de La Panadería.
La ciudad de su niñez era pequeña, la Loma de Quito era un sitio lleno de árboles y sembríos, habían alrededor de la parte urbana quintas de varias familias de la localidad, que eran parte de las aventuras de niños y jóvenes jugando con orquetas o corriendo libremente entre sembríos y escondiéndose detrás de los árboles de eucalipto, capulí y otros.
Cerca de la casa donde vivían, había un terreno donde su padre había sembrado tres árboles, él iba dos veces por semana a regarlo, implementando un canal provisional con tablas y cogiendo agua de una tubería grande que bajaba del sector que hoy es el barrio Didonato.
Pedro tenía nueve años y aprendió algo que fue fundamental en su vida, los árboles que estaban creciendo, tenían junto una estaca a la que estaban amarrados por una soga, eso le llamaba la atención, al pedir una explicación a su padre, le dijo que eso servía para que los árboles crezcan rectos y le recordó que cuando le corrija por algo que hiciera mal, simplemente le estaba poniendo “la soguita”.
No olvida una anécdota con su papá, como parte del juego, había botado un coco en la cabeza de un amigo, más grande y robusto, por lo que escapar fue lo mejor y decidió pedirle ayuda y esconderse tras de él, luego del susto, le dijo que le enseñaría a defenderse, pidió unos guantes de box a un tío de Pedro y empezó las clases.
Lo que no estaba previsto es que Pedro, repitiendo una escena del programa de televisión los Tres Chiflados, logre engañar a su padre la vista y termine dándole un golpe en el estómago, “Terminó la clase de box, pues se sacó los guantes y luego la correa, recibí un castigo más doloroso del que traté de evitar de mi amigo” cuenta entre risas.
Recuerda con mucha gratitud a su padre, que hizo un esfuerzo muy grande por educarlo en Quito, eran tiempos de muchas limitaciones para un “chagra” que estudiaba fuera de Riobamba, la falta de recursos económicos se sentían en el día a día, para movilizarse, a fin de mes con el arriendo, en la alimentación, para el tema de los estudios, los materiales que demandaba la carrera, pero supo que eso era parte del desafío de poder tener una profesión y ser alguien en la vida.
Cuando joven sintió un particular gusto por el baile y poco a poco iba involucrándose en ese mundo, pendiente de los temas y ritmos de moda, mirando las películas y artistas de la época, “el bailar siempre fue mi más grande ilusión, llevaba el ritmo en la sangre” confiesa, era un joven muy inquieto y asume que su apodo de “candelita” surgió de tantas aventuras y anécdotas cumplidas.
Y esta pasión lo llevó a algo inaudito, estaba recién llegado a Quito por su compromiso académico y decidió inscribirse en un Concurso de Baile de mambo, que se cumplía en el coliseo Julio César Hidalgo, sin amilanarse y con mucha audacia, pidió a una chica italiana, de quien no recuerda el nombre, le acompañe como pareja en esa noche.
La química fue magnífica y de un centenar de parejas inscritas, lograron ubicarse en segundo puesto, siendo solamente superados por Edgar Páez, un reconocido bailarín del tradicional barrio de San Roque, que participaba con barra propia y sin duda era el favorito de la velada.
“Fue una noche inolvidable, para mí fue un triunfo, era un joven que nadie conocía, sin barra ni apoyo, que bailó con una pareja que escogió esa noche, ganamos 250 sucres y la mayor parte se llevó ella” aclara, también le permitió confirmar que bailar sería parte de su vida.
Reconoce que era un tipo muy alegre en su etapa de estudiante universitario, al punto que docentes compañeros y empleados de la Facultad de Odontología le conocían como “Felicidad”, nunca imaginó que un conserje llamado Mecías le apoyaría mucho en su inicio profesional.
“Le dije que si algún momento sabía de un sillón para odontólogo de segunda mano, me avise, por que regresaba a Riobamba a ejercer la profesión, al poco tiempo me llamó y me dijo que habían salido al remate unos sillones de la misma facultad y me explicó cuál debía elegir, advirtiéndome que había puesto piedras en uno de ellos para que suene y no lo compren, pero que sería la mejor adquisición, pague 500 sucres y fue un gesto que nunca olvido”, dice Costales.
Regresó a la ciudad a ponerse su consultorio en la calle García Moreno y Guayaquil y, poco a poco, fue siendo la referencia del buen servicio a través de los amigos y pacientes que miraban en su trabajo una atención diferente y profesional.
Pero Riobamba no sólo lo recuerda como un buen odontólogo, sino también como al bailarín que miraban, mostrando sus habilidades con ritmos diferentes en las famosas fiestas de disfraces que se cumplían en el Teatro León al iniciar cada año y previo al Corso de Flores.
“Quien organizaba estos bailes era el señor Alliaga, que era propietario de la emisora La Voz de Riobamba, salía en su camioneta para hacer propaganda de los bailes que se extendían entre el 1 al 5 de enero, todas las noches habían los bailes”, dice.
Recuerda que un día vino el organizador a invitarle y pedirle autorización para poner su nombre en algunos carteles de propaganda que estarían ubicados en el centro de la ciudad, él aceptó y fue grato ver la respuesta de la gente y conocer que la taquilla mejoró sustancialmente. La orquesta Los Ángeles del Infierno, del maestro Serafín Pulgar, era quien se encargaba de poner la música y los ritmos.
Sarbelia Duque fue su pareja de baile, con quien mostraba sus habilidades bailando mambo, paso doble, vals, guaracha, rumba, cumbia o porros, todo ritmo era bueno para mostrar un nuevo paso, la coordinación adecuada y compartir la alegría de la gente. Bolívar “Pilche” Arosteguí, era el otro participante de los concursos que llenaban el teatro León y terminó siendo un buen amigo, que llegó a pedir que cuando muera, le entierren con el ritmo del mambo de fondo.
Pedro “candelita” Costales recuerda también a Polo Merino, un riobambeño que vivió mucho tiempo en Estados Unidos, como uno de los mejores bailarines que se llevó aplausos y premios a su regreso a la ciudad.
“En realidad él se había preparado en la Escuelas de Baile de allá y se notaba que tenía escuela, técnica depurada y muchos recursos, el pilche Arosteguí y yo bailábamos por afición, sin ninguna preparación más que el instinto y el amor por el baile” refiere.
“Tenía un talento especial para contraer deudas”, dice riendo y eso le permitió tener la hermosa casa donde hasta hoy vive. “Presentía que esa casa iba a ser mía, siempre estacionaba mi auto frente a ella para contemplarla e imaginarme viviendo en ese hermosa vivienda, luego de salir del trabajo y me acompañaba un buen amigo a soñar e ilusionarme”, evoca.
Al final el sueño fue una realidad, un préstamo del banco, la venta de una casa de su esposa y la inesperada entrega de 200 mil sucres del papá de ese amigo, permitió comprar la vivienda en 400 mil sucres, “Eran tiempos donde más valía la palabra, me puse nervioso cuando me ofrecieron esa alta cantidad de dinero, pero quien me lo fió, me dijo que el hombre honrado paga con cheque o sin cheque, con letra o sin letra, me presto por dos años esa suma y me dijo que no me preocupe y que compre pronto la casa”, indica.
Por todo lo vivido sabe lo importante que es fomentar la relación padre e hijo, para educarlos y hacerles personas de bien, está seguro que podríamos vivir mejor si en las escuelas y colegios aún se enseñara ética, urbanidad y cívica.
“Es necesario enseñar cómo tratar a una dama que merece el más grande respeto, cierto nivel de confianza puede haber entre caballeros, pero el trato a una dama es otras cosa”, dice absolutamente convencido.
Y aunque no puede disfrutar de la presencia de todos sus hijos y nietos como quisiera, sabe que ellos conocen el camino para volver al hogar de su infancia y juventud. “El mejor regalo que puede tener un hombre es disfrutar de unos buenos hijos” dice muy orgulloso y él sabe que es así, que siempre los recuerda en medio de emociones encontradas, nostalgias por la casa que luce ahora vacía, pero que siempre será el punto de encuentro.


Las anécdotas: 

  • Pedro Costales reconocen que le gustaba jugar a los trompos, jugaba a las desenterradas, utilizando una bomba donde cada jugador ponía una peseta y con el trompo se las sacaba “Podía dar con el trompo hasta una pepa de capulí”, dice.
  • Recuerda a otros grandes bailarines de la época como el torero Raúl Dávalos y Pedro Arteta, también a la familia Borja, donde padre e hijos, salían muy bien disfrazados y recorrían las calles de la ciudad en medio de la alegría y expectativa de todos.
  • Varios premios, que daban casas comerciales de la ciudad, se entregaban a las parejas que destacaban en los concursos de baile, relojes de mesa o pared, vajillas, muranos, ollas, radios, etc. “En un concurso ganamos junto con Sarbelia un juego de cinco ollas, yo recibí la más pequeña y ella las demás” refiere, aún saluda con quien fue su complemento al bailar.
  • Empezó en el baile a los 16 años, alguna vez vio a un vecino bailar con especial alegría al ritmo de un San Juanito y eso le llamó la atención, “El candelita y el pilchi llenábamos el Teatro León y eso en ese tiempo era como llenar el estadio”, dice orgulloso.
  • Mientras los invitados ponían especial cuidado en los disfraces “candelita” Costales se ponía el saco al revés y un antifaz, lo cual era suficiente para ser parte de esa fiesta de color y alegría.
  • Tuvo un biplaza Bugui que compró en 84 mil sucres, Luis Machado un amigo personal, al enterarse del precio y ver que solo servía para un pasajero le recriminó “yo un terreno hubiera comprado, no ese carro incómodo”.
  • Casado más de cincuenta años con Albita Cabezas, “Mi esposa es la persona que más he admirado y sin embargo es a la que más he ofendido, Dios sabrá comprenderme y perdonarme” confesó.
  • Sus hijas Giovanna, Leonora y Rocío viven en Estados Unidos en Florida, Chicago y Minesota respectivamente, Gina, Katina y Pedro están en el país y son su mayor orgullo. Si bien sus nietos están distantes, con Francisco hijo de Gina, se lleva bastante, conversan y departen mucho tiempo, tiene ya dos bisnietos.
  • Pedro es un destacado oficial de la Marina, que le dejó un bonito recuerdo, había regresado como cadete de la institución a recibir el anillo como mejor graduado del colegio San Felipe y luego de la ceremonia le pidió a su padre acompañarlo a visitar su antigua escuela el Pensionado Olivo, dónde entregó a Don Humberto Olivo el anillo que había recibido, en señal de agradecimiento por la formación entregada, “sabes que los triunfos son para ti, pero eso le pertenecía a mi maestro de escuela” le había dicho luego.

Fuente: La Riobambeñita 

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